Columna de opinión

La tristeza y la alegría de las plazas de juego

By 24 mayo, 2022 Sin comentarios

Juanita Rojas

Fundación Educacional Amanda

PLAZAS SIN NIÑOS

Con motivo de la celebración del Día del Juego recordé lo triste y desoladoras que se veían las plazas de juego en los peores días de esta pandemia, sin niños y con sus diferentes juegos inmóviles, algunos incluso clausurados mediante amarras.

Uno de esos días fui a visitar a una amiga, con quien no nos veíamos hacía meses producto de las restricciones que nos imponía la pandemia. En aquella ocasión ella me propuso salir a dar un paseo cerca de su casa pues quería mostrarme una placita a la cual va a caminar para hacer un poco de actividad física. La plaza lucía bella y algo nostálgica. Bella porque el verde había derivado en ocre y marrón, entonces era como caminar sobre una alfombra de oro; sin embargo había tristeza en su entorno, pero no esa tristeza hermosa del sepia otoñal, sino la tristeza del vacío, de lo que no está, de la ausencia de esos seres en estado de encantamiento que son los niños y pensé en los juegos al aire libre que durante esta pandemia se prohibieron. Visualicé los juegos de las plazas y de los parques y me pregunté si sentirían tristeza. He llegado incluso a investigar acerca de la composición de los objetos y de las plantas para comprobar si tienen algún átomo que se asocie a la sensibilidad de los seres humanos.

En la plaza que visité con mi amiga hay cuatro columpios, dos a un lado y dos al otro, formando una ele. De pronto ella me invitó a columpiarnos a lo cual accedí, de tal modo que ambas subimos a nuestros columpios, comenzamos a mecernos e instantáneamente fue como regresar a la infancia pues en ese momento ambas nos sentíamos niñas otra vez. Mi amiga rápidamente comenzó a mover su columpio con mayor intensidad animándome a “darme más vuelo” y, sí pensé, esto es precisamente eso, volar, despegarse del suelo, elevarse, sentir esa sensación de libertad, de ser liviano.

El juego tiene sentido de libertad

JUEGO, MOVIMIENTO Y VIDA

El movimiento se asocia a la vida y al igual que ésta, no siempre cursa en la misma dirección ni a la misma velocidad, por eso a medida que nos columpiábamos subíamos y bajábamos, hacíamos detenciones breves y giros para mirarnos mientras reíamos y conversábamos. El movimiento era como olas y el espacio el mar. Todo el cielo abierto a disposición de nuestro goce.

El juego produce placer

            El movimiento sobre un columpio al aire libre nos hace ver el mundo desde otra perspectiva, nos hace livianos pues todo se centra en el instante, en el ahora, en el presente, está solo la sensación de esquivar la gravedad, de ser plumas o aves cuyo único objetivo o destino es estar en el goce del momento.

El juego está enmarcado en su propio tiempo, suspende la realidad, está entre la realidad y la no realidad, se sumerge en la fantasía, en la magia

            Haciendo un paralelo entre esa experiencia personal y lo que podemos observar en una plaza feliz, es decir en una plaza que está plena de niños jugando, decía que reíamos, conversábamos… y ese es otro aspecto que brota espontáneamente en las plazas cuando son visitadas por niños: el hacer amigos, el hablar, reír, facilita la interacción social.

El juego es espontáneo y flexible

 JUEGO Y ENRIQUECIMIENTO SENSORIAL

Las plazas de juego además son sumamente generosas al proveer un cúmulo de estímulos que contribuyen a crear una base riquísima para el desarrollo integral de nuestros niños: las superficies de los juegos, ya sean de metal, de cuerda o madera, más la textura del suelo, proporcionan diversos estímulos táctiles de forma, consistencia, temperatura, experiencia que influirá en el desarrollo de la motricidad fina, de la percepción de formas y tamaños. Los diferentes colores, así como la presencia de otras personas activan el sistema visual. Y para mí, los reyes y las princesas de las plazas son los columpios, los resbalines y el carrusel ¿por qué? Porque proveen estímulos esenciales que conforman una maravillosa plataforma para el desarrollo y fortalecimiento de las habilidades de equilibrio, de la coordinación de ambos lados del cuerpo, así como también para lograr la capacidad de graduar la fuerza y la dirección de un movimiento. ¿Cómo lo hacen? Lo hacen por medio de los sistemas sensoriales vestibular y propioceptivo, cuyos receptores son activados cada vez nos movemos en el espacio en distintas direcciones, así como también cada vez que hacemos una actividad de fuerza o de resistencia física. Basta con observar atentamente la amplia gama de movimientos que nos ofrecen estos juegos y la fuerza que ejercen los niños ya sea para escalar, trepar o sostenerse.

El juego implica actividad física y mental

             Las plazas de juego son por excelencia uno de los mejores nutrientes para el cerebro infantil. Todas las sensaciones que ellos reciben a través de receptores específicos al tocar, moverse, observar, escuchar, viaja hasta el sistema nervioso central donde se procesa y organiza, para así contribuir a su desarrollo. Cada vez que un niño enfrenta un desafío en una plaza de juegos y lo logra, su cerebro queda preparado para un nuevo desafío motor, es decir va creando nuevos patrones neuronales, va desarrollando más integración sensorial y lo más maravilloso es que si el niño experimenta estos juegos en libertad y sin temor, bajo el cuidado cariñoso de un adulto unidos al placer de hacerlo, al goce, entonces además contribuye a su salud emocional.

Termino recordando que ese día que me columpié en la placita, no solo mi amiga y yo estábamos felices, creo que la plaza también lo estuvo. Incluso en un momento, cual niñas, hicimos un juramento de manera totalmente espontánea dándonos la mano: nos reuniríamos con cierta frecuencia a leer y a crear.